Y yo Diógenes, el can

Diógenes de Sinope (413 a.c _327 a.c), al igual que su maestro, Antístenes, formaron parte de una escuela de pensamiento llamada “los Cínicos” (o los canes… κύων, κυνός, ‘can’; de donde viene κυνικός , ‘propio de un can’). (MACÍAS, Cristóbal). Como muchos en su época, se dedicó al ocio mediante la contemplación de la realidad, rompiendo esquemas establecidos por la sociedad griega de aquel entonces, sin hacer uso de esclavos; era sincero con los poderosos hasta la impertinencia. Su forma de vida en contacto continuo con la ciudadanía y al margen de convencionalismos, se convertiría en espejo de hipocresías y contradicciones, una actitud refractaria ante los usos y costumbres, de rechazo a lo establecido, de confrontación a lo convencional.

Quienes querían unirse a los Cínicos, dejaban de ser esclavos, renegaban del consumo, aún sin tener bienes materiales, pues la apuesta era la (autárkeia), (autosuficiencia), de igual forma que las mujeres eran también consideradas iguales. El ejemplo de Hipparchia –una Cínica muy interesante– lo muestra […] Diógenes, hoy, bien podría ser el sucio mendigo de la calle, el zarrapastroso de la playa; más allá de prejuicios, el filósofo mostró lo nulo que es luchar por obtener riquezas innecesarias a costa del otro/a.

No escribió ningún libro, pero es conocido por su interesante pensamiento, recogido en diferentes fuentes, muy especialmente en la obra Vidas de filósofos ilustres, escrita por su tocayo Diógenes Laercio en el siglo III d.C. Cuando le preguntaron a Diógenes que por qué había abandonado Atenas como su principal ciudad y deambulaba de pueblo en pueblo, él les contestó que porque era un “kosmopolita” o un ciudadano del mundo; también fue capturado y vendido como esclavo mientras deambulaba fuera de la Polis. De él -se cuenta- que dijo: “¡Cuánto más conozco a los hombres más quiero a mi perro!”. 

Resultado de imagen de diogenesLa anécdota más famosa de entre las atribuidas al filósofo se refiere a su encuentro con el emperador Alejandro Magno. Se cuenta que, estando Diógenes en Corinto, dormía en un tonel o tinaja. Una vez llegó a la ciudad Alejandro, con su aparatoso ejército. Toda la población de Corinto fue a recibir al emperador, pero Diógenes era absolutamente indiferente al boato del rey, y se quedó sesteando ante su tonel. Entonces fue el propio Alejandro Magno quien, conocedor de la fama del filósofo, buscó a Diógenes. Le ofreció obsequiarle con los dones que el filósofo le solicitara. Pero Diógenes sólo le pidió una cosa: que el emperador se apartara, para que no le tapara el sol. El episodio es narrado o aludido en numerosas fuentes antiguas grecolatinas, incluyendo a Cicerón (Tusculanae Disputationes 5.32), Valerio Máximo (4.3.ext.4) y Plutarco (Vida de Alejandro 14). He aquí el relato más completo de los tres, el de Plutarco:

Congregados los griegos en el Istmo, decretaron marchar con Alejandro a la guerra contra Persia, nombrándole general; y como fuesen muchos los hombres de Estado y los filósofos que le visitaban y le daban el parabién, esperaba que haría otro tanto Diógenes el de Sínope, que residía en Corinto. Mas éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba tranquilamente su vida en el barrio llamado Craneto; y así hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un poco a la llegada de tantos personajes, fijó la vista en Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole enseguida si se le ofrecía alguna cosa, “muy poco —le respondió—; que te quites del sol”. Dícese que Alejandro con aquella especie de menosprecio quedó tan admirado de semejante elevación y grandeza de ánimo, que, cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban a reírse y burlarse, él les dijo: “Pues yo a no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes”.

theodor w adorno[…] Esa práctica y visión contraria al establishment que —sigue vigente, atemporal y universal. “Deseo poco y lo que deseo lo deseo poco” […] actitud que aparece en el límite, cuando hay que defender la dignidad propia ante la opresión que ejerce otro/a, u otros/as, pero con la verdad, para diferenciarse del demagogo que miente para ejercer el poder. “¡Cuántas cosas hay superfluas en la vida!”. —Sentencia que tiene un valor incalculable en la actualidad, en un mundo en el que todas somos víctimas del consumismo. — Loli Lopesino

 

Imágenes: Web

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