Flores de Tiaré.

 

1Héme aquí, inspirando el penúltimo reflejo de este ya casi adormentado y postergado día repliegue inverso de mi mañana. A través del gélido vidrio, lacrimoso, vislumbro la nieve desprendida en la noche por tejados dadivosos. Su blanco manto luce ataviado en minúsculos matices coloridos, destellos de plata asistidos desde una lánguida farola y a la par un cortejo de augustas Estrellas, que degustan manjares sobre bordados arcaicos celestes; echando en falta la Luna tardía. (Todo asemeja la hechura en un teñido tablado por gracia de un acuarelista despavorido).
El álgido invierno arde bramando su imponente dominio y a la Noche, pareciese escapar su canto de pertenencia, refugiándose en el insólito paño rojizo exudado desde un Estanque helado. Temblorosa e inmóvil contemplo una sobria y parsimonia vereda, Universo de los Elementos mi vagar inerte en un certero destino incierto.

 

Trances emprendidos, transformados en mil odiseas. Algunos a bordo en la bocanada del hollín suscitado por los fierros llares, otros, en el miriñaque de lejanos e inusitados ‘Nimbos’. Aferrada al dorso de espejos Lunares o a la Estela de una aeronave sin meta, encontrarme al improviso transitando sobre un manto de senderos cruciales, ansiadas Tierras de Islandia; abandonada al placer de mi inherencia al ser engullida por sus horizontes sin confines y hollar a piel desnuda por su ineludible, inenarrable calamita de liquen.

2En copiosas ocasiones me he descubierto sobre la arena blanca y fina de una Ínsula desconocida, revestida, acariciada por la tan solo bellísima y delicada Flor de Tiaré… alejada de la vorágine, distante de entes reales, desdeñada de recuerdos, resollando por ese soplo de Libertad negada que tanto ansío. Otras, re-sueño ser aupada, posada sobre el regazo de un gajo aislado de la afable Selene y divisar desde lo más infinito el involucro colosal de Gea; advertir la felicidad verídica al otear el llavín del fin de la miseria.

Sin embargo, nunca de aquí me fui, siempre quieta ante la candente mirada de Helios, enraizada en la profundidad de una Tierra que me ha donado sí, Amor, aunque cientos de amarguras, desilusiones, rabia, dolor, pecados jamás perdonados (…) sueños desmembrados. Vivo eternamente en vilo, planeando sobre el sutil hilo de la redención y el frágil paso que dista al abismo, enclaustrada, velada por el craso anaquel inexorable del cual solo exiguos asienten estar en posesión del sempiterno decir: “S’ayapo”.

–Loli Lopesino.

 

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