“La fotografía”.

 

Un día cualquiera.

Trabajó hasta muy tarde, demasiado como de costumbre. Exhausta, depositó sus libros sobre la mesilla consciente de los errores cometidos por su mente. Era su corazón quien trataba de recomponerlos, recogiendo pedazo a pedazo el vidrio encajado en el puzzle del hastío. Conocedora de que sería incapaz de dormir una noche más, cedió a la enésima victoria de la sublime fuerza de su naturaleza, acataría la derrota que la transportaría a soñar despierta.

Su estantería favorita necesitaba ser reorganizada, remodelada. Por ello, estuvo visitando la más enorme y completa librería que jamás antes pudiera imaginar. Recomendada y junto a un gran amigo de la infancia, recorrieron ésta durante horas, pasando juntos páginas en una fantástica tarde entre miradas cómplices e inolvidables aromas; adquiriendo un sinfín de libros apasionantes.

“Escuchó el sonido del teléfono, apresurándose, bajó la escalera de enormes peldaños en forma de caracol y descolgó sin éxito. La comunicación al otro lado de la línea había sido interrumpida, cortada, obsesionada pensó, podría ser”.

Sonreía de manera asidua cuando observaba su elegante y cálida estantería de madera maciza, regalo que le fue concedido en una de sus incontables conferencias. Sentía un enorme cariño hacía ella. Suponía un estímulo más allá de lo material, su connotación real era emocional, afectiva, signo de un trabajo realizado por vocación, esfuerzo, dedicación, amor y destino.

Levantando uno de sus libros favoritos, “El uso de conocimiento en la Sociedad”, y cuando aún su subconsciente la protegía […]

Reapareció deslumbrante, resurgiendo con todo su brío y enorme atractivo. Renacía agitando, contoneándose como si de una vorágine o turbulencia tratara el recóndito y frondoso interior del haya; reencontrándose con la más protegida de sus pertenencias, su amada, hermosa y pasional fotografía.

“Se conocieron en uno de sus tantos viajes programados por la ocupación que desempeñaba, aunque la condición no eximia el gozo. De una manera u otra, todos dejaron huella en su ser y viceversa, como su perfume impregnado en sábanas enrolladas en su piel y evaporado al amanecer”.

Aquella noche la cita fue en un hotel y a la orilla del mar. Su agenda no era particularmente extensa lo cual propició una cena relajada, holgada, regalando paso al conocimiento privado, condicionado. Este, finalmente y sin ningún pudor, les sugirió un evocador paseo bajo el mágico hechizo de una conjugación casual, imprevista, sin condiciones.

Ejercía el puesto de vicepresidente, aunque no le importó, realmente no tuvieron tiempo para hablar, de conocerse.

“De nuevo su sonido, el timbre estridente del teléfono esta vez le sobresaltó de manera singular, haciéndole descender. Así, deslizándose a través de la que tantas veces supuso y suponía distancia, obstáculo… temibles escalofríos recorrían su cuerpo, mientras sus pupilas solo reflejaban “la fotografía”, y pensaba: por favor no cuelgues, desistir no forma parte de nuestros deseos, sigue ahí, sigue aquí, no puedes rendirte”.

Parecía, anhelaba el día […]

 

 –Loli-

[Entrada publicada originariamente en el blog “Comienzode0” de ELPAIS.com]

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